ANÁLISIS INTERNACIONAL

Brasil: blanco fácil para la embestida ambientalista internacional

El presidente brasileño se ha convertido en una suerte de embajador para la mala reputación de su país. La Ola Verde en Europa, la administración Biden y la competencia en el comercio internacional de soja y carnes, alinean los planetas para una embestida ambientalista contra Jair Bolsonaro.

Por Ignacio Lautaro Pirotta | 18-01-2021 08:15hs

Todo indica que la lucha contra el cambio climático será un asunto muy presente en la agenda internacional de los próximos años. De la mano del nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, dejando atrás el negacionismo de Donald Trump, pero también con fuertes metas para la reducción de emisiones fijadas entre otros por China, Alemania y Francia. Por el contrario, en el continente sudamericano se destaca la figura de Jair Bolsonaro, presidente del país con mayor relevancia y con soberanía sobre la mayor parte de la selva Amazónica, y quien con su negacionismo y confrontación con los líderes mundial se ha convertido en un blanco fácil para una ofensiva ambientalista. Esta semana el presidente francés, Emmanuel Macron, volvió a ser noticia en Brasil al criticar la deforestación en el Amazonas. “Depender de la soja brasileña es ser conviviente con la deforestación del Amazonas. Somos coherentes con nuestras convicciones, estamos luchando por producir soja en Europa”, sostuvo en una visita a productores agrícolas. Macron no solo dio esa dura declaración, sino que subió el video a sus propias Redes Sociales, dándole clara relevancia al tema.

Por otro lado, los cruces entre el gobierno brasileño y el entrante en Estados Unidos comenzaron durante la campaña electoral de Biden. Tal vez el momento más álgido fue cuando el oponente de Trump se dirigió a los brasileños en pleno debate presidencial: “Paren de destruir la floresta. Si ustedes no paran, afrontarán consecuencias económicas significativas”. La respuesta de Bolsonaro no se hizo esperar. “Lo que algunos no entienden es que Brasil cambió. Hoy, su presidente, a diferencia de la izquierda, no acepta más sobornos, demarcaciones criminales o infundadas amenazas. La soberanía es innegociable”. Y aunque con la inminencia del nuevo gobierno se esperaba moderación de ambos lados, nada de eso ha sucedido. El brasileño continuó objetando el triunfo de Biden y justificó la invasión al Capitolio en la poca transparencia del proceso electoral. Del lado de Biden, se oficializó el nombramiento de Juan González como director para el hemisferio occidental en el Consejo de Seguridad, área encargada de la relación con América Latina. González tiene una postura crítica con el gobierno de Brasil y en octubre había declarado a la revista Huff Post que “cualquiera, en Brasil o en otro lugar, que crea que puede promover una relación ambiciosa con Estados Unidos mientras ignora temas importantes como el cambio climático, la democracia o los derechos humanos, claramente no ha escuchado a Joe Biden durante la campaña electoral”.

Las elecciones para el Parlamento Europeo de mayo de 2019 tuvieron un muy buen resultado de los partidos ecologistas en varios países, por lo que en el continente se comenzó a hablar de la ola verde.

El cambio climático se impone en la agenda nacional e internacional de los estados por su propio peso. Según los cálculos de la ONU, si el incremento de la temperatura promedio global es mayor a 1,5° en el siglo XXI, habrá impactos climáticos destructivos de amplio alcance. El objetivo propuesto por el organismo es mantener el aumento por debajo de 1,5 grados, pero aún si se cumplieran las metas del Acuerdo de París, algo que no está garantizado, el aumento sería de 3,2°. Eventos climáticos extremos, tales como sequías, inundaciones, temperaturas extremas e incendios ya son cada vez más frecuentes como consecuencia del cambio climático, además del derretimiento de los glaciares debido al aumento del promedio global de temperatura.

Sin desmerecer la relevancia que por sí sola tiene la cuestión del cambio climático, es necesario remarcar que, en tanto asunto que pasa a ocupar un espacio cada vez mayor en la agenda pública e internacional, la lucha contra el cambio climático se vincula con factores internos a los países y con aspectos comerciales, lo que la hace más redituable políticamente, incrementando los incentivos para llevarla adelante.

En primer lugar, la cuestión ambiental ha cobrado ímpetu en Europa, condicionando la agenda de los gobiernos nacionales. Las elecciones para el Parlamento Europeo de mayo de 2019 tuvieron un muy buen resultado de los partidos ecologistas en varios países, por lo que en el continente se comenzó a hablar de la ola verde. En las municipales francesas de 2020, Los Verdes obtuvieron un muy buen resultado y se posicionaron como la tercera fuerza nacional. En Austria -donde el parlamento vetó el acuerdo de libre comercio con el Mercosur- los ecologistas forman parte de la coalición de gobierno. En Alemania se han convertido en una amenaza para la socialdemocracia (SPD), principal partido de la centroizquierda. También hay avances de los ecologistas en Islandia, Irlanda y Holanda.

Esto explica que la agenda verde tenga un renovado impulso en gobiernos como los de Francia y Alemania, el primero claramente incorporando el tema en su programa y en búsqueda del terreno perdido por su partido, República en Marcha. En el plano internacional, con el triunfo de Trump en 2016 se inició un ambiente favorable para los negacionistas del cambio climático, muchas veces cobijados en los populismos de derecha del viejo continente. Pero mientras que la principal potencia económica y militar del mundo quedó naturalmente fuera de la confrontación, en Brasil la presidencia de Jair Bolsonaro apareció como una “oportunidad” para marcar un contrapunto y defender la política ambientalista. De tono por momentos agresivo y autoritario, con fuertes cruces con la prensa local y enunciador de teorías conspirativas y acusaciones sin fundamento (como que el actor estadounidense Leonardo Di Caprio financiaría a las ONG’s ambientalistas que sería responsables de producir los incendios en la selva), potenciado por los recortes propios de las noticias negativas que suele producir, el presidente de Brasil ha conseguido convertirse en una suerte de embajador para la mala reputación de Brasil.

En Francia los productores agropecuarios se han movilizado en contra del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur en más de una oportunidad. También ha habido protestas en Bélgica, España, Alemania y Holanda. La oposición al acuerdo, en los términos enunciados por Francia, logra unir al interior rural, donde los productores se ven amenazados ante el potencial del bloque del Cono Sur, y a las grandes ciudades, a través de la defensa del medio ambiente y en oposición a la figura de Jair Bolsonaro.

En Estados Unidos la situación es similar. La confrontación con Bolsonaro le rinde a Biden dividendos hacia el interior de su propio partido (el ala más a la izquierda, con Bernie Sanders, Elisabeth Warren y Alexandria Ocasio-Cortez) y parte de la sociedad estadounidense fuertemente movilizada por la cuestión ambiental.

Estados Unidos en los últimos años fue desplazado del lugar de principal productor mundial de soja y principal proveedor de China. Ello coincidió con el inicio de la Guerra Comercial entre ambas potencias, cuando los asiáticos pasaron a comprar más soja de Brasil. El país sudamericano, a su vez, expandió la producción de soja y pasó a ser el mayor productor, con más de 120 millones de toneladas cosechadas en 2020. Sin embargo, el acuerdo comercial Fase 1, por el que ambas potencias comenzaron a desescalar el conflicto comercial, incluye la compra de grandes volúmenes de soja de Estados Unidos, por lo que, de cumplirse, se espera que una nueva alteración en las compras Chinas, que durante 2020 ha comprado cantidades enormes de soja -impulsando su precio- posiblemente destinada a cubrir sus stocks, por lo que aumentó las compras tanto a Estados Unidos como a Brasil, simultáneamente.

Es difícil prever qué sucederá, pero el mercado europeo puede ser más que necesario para los brasileños si las compras chinas se reducen en función del acuerdo con Estados Unidos. Además, Brasil compite globalmente con los estadounidenses en maíz, carne bovina y pollo, destacándose la soja y la carne bovina como los productos que más fácilmente podrían sufrir presión por políticas de protección del medio ambiente en el comercio internacional, ya que están asociadas a la deforestación -y consecuentes incendios- en el Amazonas y en el Cerrado brasileño (este último es la sabana tropical en donde se concentran la mayor parte de tierras de soja y se extiende mayormente en la zona central del país). En relación a la soja, Brasil tiene la ventaja de precios más bajos respecto a la soja producida en Estados Unidos.

Por último, en relación al comercio de productos agropecuarios, todo indica que en los próximos años habrá alteraciones en la producción y el comercio internacional de granos, con una intención manifiesta de algunos actores estatales de reducir la dependencia de Brasil y Estados Unidos en lo que concierne al comercio de soja. Francia lo ha hecho recientemente, pero desde hace algunos años China ya había manifestado preocupación por la dependencia frente a pocos proveedores. Tratándose del gran importador mundial, es esperable que cualquier movimiento suyo en la búsqueda de nuevos proveedores, aunque sea progresivo y a largo plazo, altere el mapa global de la soja.

Ante las denuncias de deforestación en el Amazonas y el Cerrado, los argumentos brasileños se resumen a: 1) una respuesta de corte nacionalista, con énfasis en la soberanía sobre el Amazonas, 2) denunciar una campaña supuestamente ambientalista, pero que esconde intereses proteccionistas contra el agro brasileño, y 3) menos efectiva pero posiblemente más explotada de aquí en adelante, la movilización de recursos para evitar la deforestación, o al menos la publicidad de tales esfuerzos. La respuesta soberanista alinea detrás de sí a la poderosa ala militar en el gobierno, así como a la base de popularidad de Bolsonaro ligada a las fuerzas de seguridad en general. El agro, en cambio, aunque es un gran aliado del gobierno, ha mostrado señales de división en más de una oportunidad. La mala prensa a los productos brasileños y las consecuencias comerciales producto de la deforestación y los incendios, por un lado, y los cruces con China por parte del bolsonarismo radicalizado, por otro, han marcado algunas diferencias al interior del universo agrario, que por lo demás es uno de los grandes aliados del gobierno brasileño. Restará ver qué pesa más del lado brasileño, pudiendo haber estímulos para que continúe con un discurso nacionalista respecto al tema.

En homenaje al recientemente fallecido Carlos Escudé, uno de los mayores autores e investigadores de las Relaciones Internacionales en nuestro continente, cabe citar su libro “Estados Unidos, Gran Bretaña y la declinación argentina”. Allí, a partir de los documentos desclasificados por ambas potencias, Escudé estudia el sistemático boicot norteamericano a nuestro país entre 1942 y 1949 (de Castillo a Perón) que, entre otras cosas, dañó el vínculo entre nuestro país y uno de sus principales clientes del agro: Gran Bretaña. Juan José Borrell, en su libro “Geopolítica y Alimentos” menciona que el boicot estadounidense a la Argentina, que era entonces una de sus principales competencias en materia agrícola, se inscribe en la estrategia norteamericana de poder internacional. Escudé describe que, en cambio, el Brasil de Getúlio Vargas fue beneficiado sistemáticamente por las administraciones norteamericanas, promoviendo por ejemplo a parte del agro (con el café) y la industria del acero.

Hoy Brasil se ha convertido en una potencia agrícola y, a pesar de tener una fuerte dependencia tecnológica de Estados Unidos, es un rival en la producción de carnes, soja y maíz. La política llevada adelante por Jair Bolsonaro, tanto hacia adentro, con el vaciamiento de los órganos de control y su discurso contra ambientalistas y reservas indígenas, así como hacia afuera, con su confrontación con las principales potencias, ha convertido a Brasil en un blanco fácil para una embestida ambientalista que articule diversos intereses

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